Niebla

Entre nube y nube, lo que más esperaba esa noche, era ver a la Luna. La niebla era espesa, no había señal alguna de luz en el cielo.

Entonces me senté, esperando un viento que se llevara cualquier obstáculo puesto entre mi propósito y yo. El pasto me regaba con el agua helada que había quedado en sus hojas. Miel de sereno.

Cuando alguien quiere descubrir o descifrar algo con tanta insistencia, puede llegar a cansarse, a volar, a divagar.

Y sí, divagué. Las nubes nocturnas también pueden tener formas de distintos tamaños, de matices de gris, de café, de realidad, de fantasía. Tal vez una estrella fugaz, tal vez de la ilusión de finalmente ver a la Luna.

La impaciencia empezaba a comerse mis uñas… un sabor amargo invadió mi lengua y me llevó a lo más remoto de mi infancia. ¿Pasto? Se debe haber quedado enterrado entre mi uña. ¡Arrancarlo me duele!

Intenté ponerme de pie, pero la tierra tiró de mis piernas y volví a caer. Miré al cielo… la Luna me sonreía, mandándome un viento que movía mi cabello. Largas ramas colgaban de mi cabeza, sin hojas, sin flores. Vacías.

Miré de nuevo al cielo, con los brazos de madera, las piernas de pura leña. Un grito se arrancó de mi garganta, triste, ahogado, dirigido a la sonriente:

—¿¡Voy a florecer!?—

—Sólo en primavera…—

Y así, mis labios se convirtieron tronco seco, esperando algún día ser flor.

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