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Un texto sinsentido

veces me da por

Buscar cosas en la nada.

Cuando no encuentro algo, dejo de buscar y

Divago. Nado en un charco de pensamientos,

Esperando encontrar una piedra, una rana, una

Fantasía, que me golpee de pronto, que me asuste, que me

Gruña, que me asalte,

Haciendo que deje de divagar y empiece a

Imaginar… porque imaginar y divagar no son la misma cosa.

Jugando, tal vez, imaginar es un acto creativo, insolente.

Kiara, la gata que maúlla desde mi ventana, me arranca de la

Lastimosa laguna mental que me he inventado, pero

Me pierdo de nuevo, ahora en los ojos amarillos que

Ningún animal más podría tener…

Oropel, ojos que imitan al oro, o viceversa.

Porque, ¿qué fue primero, la belleza o el valor de la misma?

Quince minutos ya pasaron desde el final de la

Realidad hasta el inicio de esta absurda divagación.

Siendo una persona, un humano simple con días contados,

Tenemos realmente, ¿el derecho a lo absurdo?

Unos quince minutos para aventar al

Vacío… junto a la realidad que estamos obligados a vivir.

Walter, mi hermano menor, entra de golpe y estalla la cápsula en la que estoy.

Ximena, me dice, “me duele la cabeza de tanto pensar en el por qué de todo, estoy harto”.

Y me doy cuenta de que sí, tenemos no sólo el derecho, sino la obligación de

Zambullirnos de vez en cuando en el acuoso enredo de nuestras cabezas…

Escapando de un mundo completamente seco. 

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Niebla

Entre nube y nube, lo que más esperaba esa noche, era ver a la Luna. La niebla era espesa, no había señal alguna de luz en el cielo.

Entonces me senté, esperando un viento que se llevara cualquier obstáculo puesto entre mi propósito y yo. El pasto me regaba con el agua helada que había quedado en sus hojas. Miel de sereno.

Cuando alguien quiere descubrir o descifrar algo con tanta insistencia, puede llegar a cansarse, a volar, a divagar.

Y sí, divagué. Las nubes nocturnas también pueden tener formas de distintos tamaños, de matices de gris, de café, de realidad, de fantasía. Tal vez una estrella fugaz, tal vez de la ilusión de finalmente ver a la Luna.

La impaciencia empezaba a comerse mis uñas… un sabor amargo invadió mi lengua y me llevó a lo más remoto de mi infancia. ¿Pasto? Se debe haber quedado enterrado entre mi uña. ¡Arrancarlo me duele!

Intenté ponerme de pie, pero la tierra tiró de mis piernas y volví a caer. Miré al cielo… la Luna me sonreía, mandándome un viento que movía mi cabello. Largas ramas colgaban de mi cabeza, sin hojas, sin flores. Vacías.

Miré de nuevo al cielo, con los brazos de madera, las piernas de pura leña. Un grito se arrancó de mi garganta, triste, ahogado, dirigido a la sonriente:

—¿¡Voy a florecer!?—

—Sólo en primavera…—

Y así, mis labios se convirtieron tronco seco, esperando algún día ser flor.

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El migajón y el vuelo.

Los parques nos pueden enseñar muchas cosas: el olor que existe en el verde de los árboles, descubrir que el viento puede tener distintos matices, que las personas pueden quedar hipnotizadas con las aves, que éstas comen migajón como si fuera el más delicioso banquete que pudiera existir. Pero lo más vehemente de esta experiencia sensorial, es descubrirte con alas. Descubrir que a nosotros los humanos, también nos fascina la migaja.

La migaja como sustancia básica de la vida. Cuando alguien las ofrece con tanta euforia, llegamos a pensar que no hay nada más. Y volamos.

Volamos por estas costras crujientes, volamos por capturarlas, cuando ondulan o bailan por el viento, planeando hasta llegar al piso, en donde finalmente, nos aporreamos. Con un alta fracturada, intentamos emprender vuelo… pero nuestro humano, amante del accidente provocado, nos acerca un pedazo, apenas más grande de pan. Ya no lo arroja al viento o al piso, sino que nos lo entrega desde la mano. Algo sigue punzando en el ala ya desplumada, y nos acercamos. El hambre se va y la calma vuelve por un momento.

El humano te recoge, te venda y te suelta con delicadeza en el piso. De poco en poco, las migajas vuelven a tomar altura, vuelves a volar… y caes. Ya no hay más alas por quebrar, así que caminas.

Y en ese andar, te das cuenta de que las migajas sabían a rencor, a olvido, a indiferencia. Vuelas, no físicamente, claro. Pero vuelas, sientes que vuelas. Te das cuenta de que esas alas que se sacudían con desesperación, vuelven a ser brazos. Enormes, abiertos. El pico que solía golpear hasta rasparse en el piso hasta por la migaja más pequeña, se vuelve un par de labios capaces de dar, de recibir aliento, de gritar. Tus piernas vuelven a caminar con soltura, sin miedo, y que tu válvula de sangre vuelve a reaccionar. Palpita, es fuerte, ensordecedora.

Empiezas a correr. Te das cuenta de que jamás fuiste un ave, pero siempre fuiste un alma destinada al vuelo.

Migajón

Dennise Ríos.

¡Bienvenidos!

 

¡Hola! Estoy empezando este proyecto con el único propósito de caminar por donde puedo y volar a donde quiero. Aquí podrán encontrarse con distintos tipos de escritura que, la verdad, están un poco en pañales, pero haré mi mejor esfuerzo. Se aceptan obviamente, críticas constructivas, saludos, sugerencias y todo lo que quieran decir.

 

Mi nombre es Dennise Ríos, me fascinan la fotografía, la pintura, la escritura y cualquier forma de expresión que refleje lo que podríamos llevar dentro.

 

Los pies existen para caminar, pero la mente…